jueves, 14 de mayo de 2009

esplendor moral

Fiel a una costumbre que se ha repetido unas cuántas veces en el mundo frito, hoy publico, justo unos días antes de que aparezca en la prensa navarra,( Diario de Noticias) un artículo de mi amigo Ignacio Lloret al que probablemente conozcais de otras entradas de esta casa. Ya sean de su autoría o que hagan referencia a él.

Es un verdadero placer de cuándo en cuándo ver publicado algo escrito en el mundo frito por alguien que si domina la sintaxis, y no es dominado por ella, como en mi caso. Espero que os guste.


"Esplendor moral ( Ignacio Lloret)

Dentro de unos años, cuando se recuerden los éxitos del Barça en la temporada 2008-2009, lo primero que nos vendrá a la memoria no serán las incursiones de Messi en el área ni la habilidad de Xavi en el campo, sino el comportamiento exquisito de Guardiola. No habremos olvidado el festival de fútbol de estos meses ni restaremos mérito al puñado de jugadores que lo practicó con tanta belleza, pero más allá de la pasión del momento y de los triunfos históricos quedará sobre todo la actitud de su entrenador. Evocaremos el partido contra el Chelsea y, junto al gol de Iniesta en los últimos segundos, veremos otra vez a Pep sonriendo y felicitando a Guus Hiddink unos minutos antes, cuando su equipo aún iba perdiendo. Pensaremos en la final de copa en Valencia y por encima del resultado querremos acordarnos de ese mismo hombre alabando la categoría del adversario y de su afición.
El deporte me sirve aquí como punto de partida, es un ejemplo más entre muchos otros. Sin abandonarlo todavía, me parece oportuno remitirme a una de las carreras de este año en la Fórmula 1, a esa vez en que Lewis Hamilton decidió mentir a los comisarios afirmando que Trulli le había adelantado ilegalmente. Después el piloto inglés se arrepintió y pidió perdón y, sin embargo, comprendió con tristeza que ya nada sería igual a partir de entonces, que algo se había estropeado en él para siempre. Sí, algo se rompe en esas ocasiones, quizá entra una piedra que ya no se marcha. Habrá quien prefiera llamarla culpa para simplificar el asunto, aplicar un término de connotaciones religiosas con el propósito de desentenderse de él. Otros, en cambio, resumirán el tema recurriendo al concepto de ética. Dirán que no es nuevo, que ya existía antes, se quedarán tranquilos una vez etiquetada la cosa. A mí me gusta más la expresión de John Cheever que da título a este artículo.


Me gusta hablar de esplendor moral porque, aunque tiene que ver con todo eso, supera viejas rencillas entre planteamientos laicos y creyentes, porque con una combinación de palabras tan poética nos lleva a un espacio amplio donde cabe la mayoría de nosotros.
Estos días de corrupción política y rapiña financiera son un buen momento para revisar algunos principios. Nos hemos acostumbrado a perdonar al ganador por el mero hecho de serlo. Se nos olvida que toda victoria debe ser seguida y analizada, pues no todas son iguales. Hemos de aprender e inculcar la idea de que sólo quien juega limpio está legitimado para lograr un objetivo, que ser honesto vale mucho más que vencer. Y de entre aquellos que lo consiguen, nuestra admiración y nuestro respeto sólo pueden ir dirigidos hacia quienes lo merecen por haberse comportado con dignidad. A menudo, a la hora de justificar malas artes, se alega el pretexto de que no ha habido más remedio, de que no había otro modo de solucionarlo, o de que era una cuestión de supervivencia en el contexto que sea. En el libro de Solzhenitsyn, Un día en la vida de Iván Denísovich, el narrador nos cuenta las penurias de una jornada en un campo de prisioneros soviético durante la dictadura de Stalin.



Describe las condiciones del cautiverio y el esfuerzo del protagonista por subsistir en un entorno inhumano. Y a pesar de que lo extremo de su situación podría explicar ciertas debilidades, en Shújov no desaparece nunca el deseo de cumplir la condena sin renunciar a sus virtudes de hombre generoso y agradecido.
No, no hay excusas que valgan. Si Alexander Solzhenitsyn se mantuvo firme en la guerra y en la cárcel, en el exilio y en la marginación injusta que sufrió por parte de muchos intelectuales europeos en los años sesenta y setenta, otro tanto debe exigirse de nosotros. Porque la honestidad es una máxima aplicable a la familia, a la escuela, a la cuadrilla y a la empresa. Porque la nobleza no es una clase social, sino una instrucción de uso para andar por la vida.
Y así como ahora, a propósito de la crisis económica, se afirma que ésta debe ser el comienzo de una nueva manera de progresar, de un modelo de crecimiento más respetuoso con el medio ambiente, lo mismo puede decirse en lo que respecta a las actitudes. Nuestra prosperidad más reciente provocó en muchos la impresión de que podían enriquecerse a pesar de no tener licencias ni títulos ni derechos ni estudios ni oficio ni práctica ni formación ni una postura honorable frente a los demás. Creyeron que podían alcanzar la gloria con su alma de patanes. De modo que también hoy es el momento de comenzar en ese sentido, la hora cero del esplendor ético.


John Cheever murió en su casa de Ossining el 18 de junio de 1982. En su funeral, celebrado cuatro días más tarde, Saul Below tomó la palabra, subió al altar para despedirle. Dijo que se sentía deudor de la calidad del dolor que sentía ante su muerte, y que una de las intenciones de Cheever había sido hallar evidencia de una vida moral en medio del caos.
Quizá dentro de un tiempo, cuando ya no estemos, alguien retenga en la memoria la emoción que le causó alguno de nuestros relatos o cuadros o canciones o relojes de madera, pero ojalá nos recuerde sencillamente por ser como fuimos."

4 comentarios:

Gonzo dijo...

amigo, gran texto el de su amigo... esa es la clave, la cuestión moral, pero le tengo que decir algo que no le va a gustar, y es que apenas existe, apenas se ve, no ya en la política o en las grandes cuestiones económicas o sociales, sino en la vida diaria y cotidiana... de hecho cuando mencionas la palabra moral, la gente se descojona. Creo que si la cuestión moral fuese importante, otro gallo nos cantaría... Además, ha puesto una foto del referente moral por antonomasia... El gran Atticus Finch, el hombre que creía en la inocencia de los ruiseñores

Sabe que soy un madridista de pro, pero si recuerda ya escribí sobre Guardiola y la admiración que siento por él, (http://101historias.blogspot.com/2008/12/la-grandeza-del-enemigo.html) Espero que cuando vengan mal dadas para él, la gente se acuerde de su estilo, compartamiento y forma de ser... Él lo hará, él seguirá siendo el mismo... el resto lo dudo...

RGAlmazán dijo...

n texto estupendo. Bien escrito y con el que estoy de acuerdo en el fondo.
Totalmetne de acuerdo con tu amigo, por encima de un hecho concreto, ojalá que nos recuerden por cómo éramos y que de ello no tenga que arrepentirse ninguno de los nuestros.
Precioso el título, "esplendor moral".
Salud y República

Dues dijo...

Si aceptan un consej, lean El marido rural, un cuento de cheever tan bueno que no se si es un cuento o es todo, y niego la mayor, Cheever era un (muy mal) bicho, pero qué bonito el artículo de mi amigo.

dudo dijo...

Coincido con Gonzo: el tema de hacer las cosas bien, por ética, porque es lo correcto, está muy mal visto, hoy en día. Mejor dicho, está muy poco visto: amos, que no se ve.
Sobre Guardiola... (güeno está el tío, tan atracativo, tan fisno, tan... ñacañaca...), tengo a mi Chico -culé hasta la médula- tan enamorao del mister que me pongo hasta celosa...