miércoles, 26 de marzo de 2008

iter criminis


Una de las pocas cosas de las que me siento orgulloso en la vida es de poder contar con amigos como Ignacio Lloret, responsable en gran medida de mi amor a la literatura. Teniendo en cuenta que el escribe mucho mejor que yo…os posteo su artículo aparecido en el diario Noticias de Navarra el pasado 12 de marzo de 2008, tras el cobarde asesinato de Isaías Carrasco en Mondragón.

El oficio de matar- Ignacio Lloret


APENAS unas horas después de que ETA asesinara a sangre fría al ex concejal del PSE en Mondragón Isaías Carrasco, se publicaron los primeros artículos sobre el tema, se hicieron las primeras declaraciones acerca de las posibles causas por las cuales los terroristas habían elegido a esa persona y no a otra. En uno de esos escritos se mencionaba el origen de Carrasco, se decía que procedía de Zamora y que con su asesinato ETA volvía a recordarnos su deseo de una Euskalherria libre de maquetos. Otro analista señalaba que en anteriores legislaturas Isaías había ocupado un lugar en el Ayuntamiento de Arrasate que en otras circunstancias habría correspondido a Batasuna o a cualquiera de los grupos abertzales, y que ETA había castigado a tiros ese acto usurpador . En definitiva, los entendidos en la materia volvían a caer en la trampa de buscar razones donde no las hay, se estrujaban el seso procurando ser más lúcidos que nadie a la hora de encontrar el gran motivo . Por supuesto, ninguno de esos comentaristas pretendía justificar la salvajada, explicar lo inexplicable, pero no por ello dejaban de cometer el error de intentar encajar en el espacio del pensamiento y de las ideas algo que pertenece sólo al mundo del crimen.


Quizá la anomalía venga de muy atrás, se remonte a esos años del último tercio del siglo XX en que, rodeados de ideología por todas partes, los expertos trabajaban a diario para establecer vínculos sólidos entre los discursos teóricos y las acciones. En el caso de ETA se ha insistido hasta hoy en trazar un correlato más o menos lógico entre los atentados y la cuestión política, entre los asesinatos y el conflicto. Incluso cuando los dirigentes de los distintos partidos proclaman que ninguna idea justifica la violencia, que nunca podrá defenderse por ese camino, siguen aceptando interiormente la existencia de una relación entre las bombas etarras y un planteamiento ideológico reivindicado y no satisfecho.


En Vida y destino , la gran novela de Vasili Grossman sobre la batalla de Stalingrado y la Segunda Guerra Mundial, los protagonistas, soviéticos represaliados en la época de Stalin, se rompen la cabeza intentando saber qué han hecho mal, dónde han fallado, qué dijeron o con quién hablaron, qué normas incumplieron para haber sido denunciados y arrestados. Personajes como Nikolái Krímov o Víktor Shtrum buscan dentro de sí mismos cualquier atisbo de culpa que explique su encierro en la Lubianka, su deportación a Siberia o simplemente el ostracismo entre vecinos y compañeros, cuando en realidad, en el fondo de su alma, saben que son inocentes de los cargos que les imputan. Hubo que esperar décadas para que el pueblo soviético se liberase de esa conciencia culpable tan incrustada en su cuerpo, para que entendiese que ese proceso macabro de detención, interrogatorio, acusación, autocrítica y condena no respondía a ninguna lógica ni pertenecía a ningún orden coherente, que era sin más una maquinaria criminal organizada por el Estado para eliminar a una parte de sus súbditos.


Hace ya tiempo que deberíamos haber comprendido que el que mata no habita en el territorio de las ideas, ha pasado a un estadio diferente, a un espacio cualitativamente distinto, que ahora ya no defiende ningún pensamiento, ahora se ha convertido en asesino, ahora sólo asesina. Y es que cualquiera que lo hace posee en principio un motivo inmediato, sea vengarse de la mujer que lo abandonó o conseguir un bien cuyo dueño se niega a entregar, pero desde el momento en que actúa matando trasciende el terreno de la discusión, del debate, del planteamiento, del intelecto, para ingresar en el submundo del crimen. Y dado que éste es esencialmente otro, poblado por otros, hay que moverse por él de otra manera, con un traje especial diseñado para otra atmósfera o para la ausencia de atmósfera, porque ahí ya es otra cosa lo que sucede.


Hay una escena al final de Fargo , la película de los hermanos Coen, en que la mujer policía mira por el retrovisor del coche patrulla al hombre esposado en el asiento de atrás. Entonces le pregunta si la muerte de seis personas se ha producido para obtener un puñado de dólares, si ha sido sólo para eso. Y aunque más que un interrogante es una exclamación retórica de incredulidad, ella mira al asesino esperando una respuesta. Sin embargo, él es incapaz de contestar, ni siquiera entiende la pregunta, está en otra parte, en otro escalón, en un desierto sin referencias como ese paisaje sórdido de nieve que ve a través de la ventana, en el universo salvaje e inexplicable del asesinato, del asesino, en una dimensión diferente donde nuestro organismo no puede respirar y que no tiene nada que ver con las ideas.El día en que enterraron a Isaías Carrasco, su hija se acercó a los micrófonos que la buscaban y, con la voz encogida de dolor pero firme de todas formas, exigió que nadie manipulara el asesinato del ex concejal. Quiso decirnos que no aceptaría su instrumentalización por parte de los políticos, no sólo porque ningún partido tiene derecho a aprovecharse de lo ocurrido, sino porque ella no iba a admitir que lo que le habían hecho a su padre fuese considerado de nuevo un acto de lucha armada, otro brutal atentado de ETA, un caso más para archivar en el cajón de los problemas políticos, quería que entrase sencillamente en el registro indeleble, en la categoría eterna de ese acto miserable que tiene lugar cada vez que un hombre mata a otro hombre.

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